Inclusión Laboral y Autismo : Mi experiencia

Autismo adulto y diagnóstico tardío

Desde mi experiencia, recibir un diagnóstico de autismo en la adultez tiene características muy particulares. En mi caso, el diagnóstico llegó cercano a los cuarenta años, ya en una etapa de adultez media, y por eso nunca me he sentido realmente una persona discapacitada. No es que no existan dificultades, porque sí las hay, pero la sensación no es la de una incapacidad, sino la de ser distinto en ciertos aspectos. Mis diferencias se manifiestan sobre todo en lo sensorial, en la forma de procesar el entorno y en algunas habilidades prácticas. Durante muchos años aprendí a adaptarme y a funcionar sin saber que eso tenía un nombre.
Con el tiempo aprendí a enmascarar muchas de esas diferencias. A encajar, a pasar desapercibido, a cumplir con lo que se esperaba de mí, aunque por dentro el costo fuera alto. Ese esfuerzo constante no siempre se ve desde afuera. El enmascaramiento desgasta, agota, y muchas veces hace que otros minimicen las dificultades reales que existen, sobre todo cuando el diagnóstico llega tarde y uno ya aprendió a “funcionar” dentro de lo que socialmente se considera normal.
Cuando el diagnóstico llega en la adultez, todo recae sobre la propia persona. Los exámenes son caros, hay que pasar por varios especialistas y, en países como Chile, el proceso implica un gasto que muchas veces simplemente no se puede asumir. Pero en mi caso, el problema no es solo económico. También existe una incomodidad profunda, porque uno no se siente discapacitado. Aun así, pareciera que el sistema te empuja a obtener un certificado o carnet de discapacidad como una obligación, no necesariamente por cómo te percibes, sino porque sin ese documento se hace casi imposible acceder a ciertos derechos o a una inserción laboral real.
A eso se suma otro miedo silencioso: el riesgo de gastar tiempo, dinero y energía para que finalmente te digan que “te ves normal”, que “solo tienes algunos rasgos”, o que tus dificultades no son suficientes. El enmascaramiento, que fue una estrategia de supervivencia durante años, termina jugando en contra. Por dentro uno sabe lo que le cuesta, pero desde afuera eso no siempre se valida. Esa sensación de no ser comprendido, de ser minimizado, genera frustración y desgaste emocional.
En una ocasión intenté acercarme a una oficina relacionada con discapacidad, buscando orientación. La experiencia fue muy incómoda. En vez de sentir que me estaban orientando, me sentí puesto a prueba de una forma infantilizante. Me hicieron preguntas como si sabía decir mi nombre, si conocía mi número de cédula o si podía responder datos básicos sobre mí mismo. Ese trato me hizo sentir como si me estuvieran tratando de tonto, como si pusieran en duda mis capacidades intelectuales. La incomodidad fue tan grande que decidí no seguir con el proceso, no por orgullo, sino para no exponerme nuevamente a una situación que me hacía sentir disminuido.
Todo esto genera una contradicción profunda cuando se habla de inclusión laboral. Por un lado, existen leyes que promueven la contratación de personas con discapacidad, como ocurre en Chile y también en otros países, donde se exige un porcentaje mínimo de inclusión. Pero, por otro lado, si no tienes un carnet o certificado oficial, quedas fuera de esos cupos. No importa que tengas un diagnóstico ni que vivas dificultades reales: sin el documento, simplemente no existes para el sistema.
Así, uno queda atrapado en una disyuntiva difícil. No sentirse discapacitado, pero necesitar adaptaciones. No querer una etiqueta, pero saber que sin ella las puertas se cierran. Un sistema que exige pruebas, papeles y costos, pero que no siempre comprende la experiencia real del autismo en la adultez. Y en medio de todo eso, personas que solo quieren trabajar, ser útiles y vivir con un poco más de estabilidad.

Barreras invisibles en la inclusión laboral


Desde mi perspectiva, uno de los mayores problemas en la inclusión laboral no siempre es la falta de capacidad, sino la forma en que el sistema y los entornos de trabajo están pensados. Muchas de esas barreras no son evidentes a simple vista, pero se sienten con fuerza cuando estás dentro del proceso de búsqueda o ya trabajando.
Una de ellas aparece cuando no dices que eres autista. Si no lo dices, muchas jefaturas asumen que tienes las mismas facilidades en todos los ámbitos, y cuando surgen dificultades —por ejemplo, en ciertas tareas específicas— estas se interpretan como falta de voluntad, desinterés o incompetencia. En ese escenario, no hay margen para explicar que el problema no es de actitud, sino de cómo está distribuido el trabajo o de qué tipo de tareas se te asignan.
Por el contrario, cuando una persona entra a un trabajo y desde el inicio se sabe que tiene TEA, la situación podría ser muy distinta. No se trata de bajar exigencias, sino de ajustar las tareas a las fortalezas reales. En mi caso, por ejemplo, puedo tener fuerza física suficiente para empujar carros con productos o reponer mercadería, pero tengo más dificultades con tareas que requieren motricidad fina muy precisa o fuerza más bruta, como maniobrar un montacargas. Son diferencias concretas, prácticas, que con un mínimo de comprensión permitirían un mejor desempeño para todos.
Otra barrera poco visible es la falta de adaptaciones simples. Muchas veces no se necesitan grandes cambios: rutinas claras, instrucciones directas, horarios predecibles o una distribución más lógica de las tareas ya harían una diferencia enorme. Sin embargo, estas adaptaciones suelen verse como “favores” y no como ajustes razonables, cuando en realidad benefician tanto a la persona autista como al funcionamiento general del trabajo.
También está el desgaste invisible del enmascaramiento. Como adultos, muchos ya aprendimos a “funcionar” aparentando normalidad, ocultando incomodidades sensoriales o sociales. Eso permite sobrevivir en el mundo laboral, pero tiene un costo alto: agotamiento, ansiedad y una sensación constante de estar forzándose a encajar. Desde fuera, nadie ve ese desgaste, pero por dentro se acumula.
A todo esto se suma una contradicción moral del sistema: se promueve la inclusión laboral mediante leyes o porcentajes, pero en la práctica no siempre existen las condiciones reales para sostener esa inclusión de manera digna. El foco muchas veces está en cumplir con un número, más que en entender a la persona que está detrás del contrato.
Estas barreras no suelen aparecer en los discursos oficiales, pero son las que terminan marcando la diferencia entre “tener un trabajo” y poder sostenerlo en el tiempo sin quebrarse en el intento.

Mi experiencia concreta de trabajar como reponedor

Tuve una experiencia años atrás que me marcó: una entrevista para un trabajo inclusivo. Durante la entrevista mencioné que tenía ciertos problemas de motricidad, y aunque podrían haber afectado algunas tareas del restaurante, yo sentía que podía enfocarme en labores más repetitivas, como lavar platos u ordenar cosas. Al final, no quedé seleccionado, y eso afectó mi autoestima, porque sentí que había fallado en una oportunidad que estaba pensada para personas de distintas capacidades. Además, anteriormente había postulado a un trabajo como reponedor y tampoco había quedado, así que estas dos experiencias me hicieron alejarme de volver a intentarlo por muchos años. Sin embargo, después de tanto tiempo, finalmente pude volver a trabajar, gracias a un dato de un familiar, y no tuve que pasar por una entrevista, aunque solo fueron dos semanas.

Mi experiencia concreta de trabajar como reponedor
En diciembre tuve la oportunidad de trabajar durante casi dos semanas como apoyo de reponedor en un supermercado. Entré gracias a un familiar que sabía que estaban necesitando gente, por lo que no pasé por una entrevista formal. Para mí, después de más de veinte años sin trabajar de manera dependiente, fue una experiencia muy significativa.
Fue una experiencia positiva y, en muchos sentidos, enriquecedora. Sentirme útil, cumplir un horario y tener una tarea concreta que realizar cada día tuvo un efecto muy bueno en mi estado anímico. Además, algo que a veces no se comprende desde fuera, es que las tareas repetitivas, lejos de ser un problema, en mi caso ayudaron a disminuir la ansiedad. Reponer, ordenar, repetir una misma acción, me daba una sensación de calma y de foco.
Una situación que me afectó fue cómo me enteré que mi jefa había hecho un comentario sobre mí y me sentí juzgado injustamente. Solo me vio durante aproximadamente una hora y, sin conocer que soy autista ni mis limitaciones, le comentó a mi compañero que yo “solo me dedicaba a reponer”. Esto no consideró que, durante casi dos semanas de trabajo, yo había realizado otras tareas que nunca me enseñaron directamente, pero que fui aprendiendo sobre la marcha. Mis debilidades en motricidad fina y fuerza más bruta hicieron que evitara ciertas tareas que no podía realizar con seguridad, mientras que sí podíamos mover carros completos de productos y reponer con constancia. Me sentí muy cómodo atendiendo los requerimientos de los clientes e incluso varias personas que habían ido a comprar anteriormente me buscaban porque sabían de mi buena disposición a encontrarles productos que quizás no estuvieran en el estante y que yo los buscara en la bodega. En poco tiempo hubo un par de personas que siempre me buscaban y me saludaban, y sentí que podía aportar un plus en el trabajo. Esta evaluación parcial me dolió porque no reflejaba el esfuerzo y la dedicación que puse en todo el tiempo que trabajé, ni valoraba mi disposición con clientes y compañeros.
Esta experiencia me mostró algo clave: que sí puedo trabajar, que sí puedo adaptarme y que hay tareas en las que funciono bien. No sentí que mis dificultades me invalidaran, sino que, por el contrario, mis características me ayudaban en ciertos aspectos del trabajo. Fue un golpe de realidad positivo después de muchos años de encierro y de trabajos esporádicos e informales.
Justamente por eso quise aprovechar ese envión. Haber trabajado esas dos semanas me dio ganas de seguir, de no volver a encerrarme, de intentar reinsertarme laboralmente. Sin embargo, al terminar ese periodo, me encontré nuevamente con las barreras habituales: la dificultad para postular, la falta de respuestas, y un sistema que parece no estar pensado para trayectorias como la mía.

La búsqueda de trabajo y sus obstáculos


Después de mi experiencia positiva en el supermercado, quise mantener ese impulso y seguir buscando trabajo. Sin embargo, me encontré con las dificultades habituales que enfrenta una persona autista adulta sin un carnet de discapacidad: muchos puestos exigen tenerlo para poder postular a los cupos de inclusión laboral. En Chile, por ejemplo, la ley pide que al menos un 1% de los trabajadores en ciertas empresas sean personas con discapacidad, y ese porcentaje abre cupos específicos con beneficios para el empleador. Si no tienes el carnet, aunque tengas un diagnóstico y la capacidad para realizar el trabajo, simplemente no puedes postular por esos cupos especiales. En otros países, como España, también existen políticas de inclusión, aunque la forma de implementarlas varía según la legislación. En todos los casos, las barreras burocráticas y la falta de reconocimiento formal se sienten como un límite real.
En mi experiencia, incluso cuando los puestos no requieren un carnet, postular sigue siendo complicado. Muchas veces los reclutadores no responden, dejan mensajes sin leer o no contestan tus preguntas. Eso genera frustración y desilusión, pero a la vez no deja de ser un impulso para seguir intentándolo. Personalmente, me interesa trabajar en tareas como picker o reponedor, donde puedo aprovechar mis fortalezas: buena disposición, constancia y capacidad para manejar productos y reponer mercadería. Al mismo tiempo, es importante que quienes supervisen conozcan mis limitaciones, como la motricidad fina o la fuerza más bruta, para poder organizar las tareas de manera que sean sostenibles y seguras.
Otro obstáculo que pocas veces se menciona son las condiciones prácticas del trabajo. Por ejemplo, horarios muy tempranos significan micro llenas, estrés sensorial y desplazamientos complicados. En mi experiencia en el supermercado en diciembre, trabajar de 11 de la mañana a 7 de la tarde fue mucho más manejable porque las micros iban más vacías y el horario se adaptaba mejor a mis necesidades sensoriales y motrices. Ajustes simples, como permitir entrar media hora o una hora después del horario general, podrían marcar la diferencia entre poder mantener un trabajo y agotarse en el intento.
A pesar de estos obstáculos, sigo postulando todos los días. Cada intento, incluso cuando termina en silencio o falta de respuesta, no me quita la motivación. La meta no es solo ganar dinero, sino también sentirme útil, aportar a los demás y mantener un ritmo de vida más estable. Cada postulación es un paso más en el camino, y aunque a veces las desilusiones pesan, la experiencia previa me recuerda que sí puedo trabajar, que sí puedo aportar y que, con las condiciones adecuadas, puedo desarrollarme plenamente en un puesto que se adapte a mis fortalezas y limitaciones.

Entre motivación y desafíos diarios


Después de retomar la experiencia laboral en el supermercado, me quedó claro que seguir trabajando y postulando requiere una combinación de motivación, autoconocimiento y paciencia frente a los obstáculos. Cada postulación, cada contacto con reclutadores, trae la posibilidad de frustración: a veces responden, a veces no, y muchas veces los mensajes quedan sin leer o sin contestar, dejando esa sensación de desilusión. Aun así, sigo insistiendo, porque trabajar no es solo una cuestión económica, sino también una forma de sentirme útil y aportar a los demás.
Mis preferencias laborales están claras: me atraen puestos de picker o reponedor, tareas que se adaptan a mis fortalezas. Puedo mover productos, organizar mercadería y mantener una actitud positiva frente a clientes y compañeros. Al mismo tiempo, es importante reconocer mis limitaciones: la motricidad fina y ciertas exigencias de fuerza bruta son desafíos que necesitan ajustes simples para que el trabajo sea seguro y sostenible. Si quienes supervisan conocen estas limitaciones, se pueden distribuir las tareas de manera que yo pueda rendir al máximo sin comprometer la eficiencia ni mi bienestar.
Otro factor que influye es el horario. Para personas con sensibilidad sensorial o con torpeza motora, los desplazamientos y la congestión en buses durante las horas punta son un desafío real. En mi experiencia, trabajar de 11 de la mañana a 7 de la tarde fue mucho más cómodo y manejable, evitando estrés innecesario. Ajustes simples en los horarios, como entrar media hora o una hora después del resto del equipo, pueden marcar una gran diferencia para que la experiencia laboral sea positiva y sostenida en el tiempo.
A pesar de las dificultades, la motivación persiste. La posibilidad de sentirme útil, de contribuir económicamente y de interactuar de manera significativa con el entorno laboral mantiene viva mi búsqueda. Cada intento, aunque a veces resulte frustrante, es un paso más hacia la construcción de un espacio de trabajo que reconozca tanto mis fortalezas como mis limitaciones, y que me permita desarrollarme plenamente en un entorno inclusivo y comprensivo.

Reflexiones sobre inclusión, autismo y trabajo


Después de todo lo que he vivido, mi experiencia como adulto autista en el ámbito laboral me deja varias reflexiones importantes. Primero, ser diagnosticado a la adultez cambia la perspectiva: no se trata de sentirte discapacitado, sino de reconocer que eres diferente y que esa diferencia puede tener fortalezas y desafíos concretos en el trabajo. La burocracia, la necesidad del carnet de discapacidad, los horarios, los traslados y la falta de comprensión son obstáculos reales que se combinan con tus propias limitaciones y fortalezas.
He aprendido que la inclusión laboral no depende solo de leyes o porcentajes, sino de la comprensión y adaptación de los entornos de trabajo. Pequeños ajustes, como rutinas claras, horarios flexibles, tareas asignadas según fortalezas y debilidades, y supervisores que reconozcan estas diferencias, pueden transformar una experiencia laboral complicada en algo positivo y sostenible.
Otra enseñanza es que el desgaste invisible del enmascaramiento es un factor que muchas veces se subestima. Como adulto, uno ya ha aprendido a funcionar ocultando ciertas dificultades, pero eso genera cansancio y ansiedad que no se ve desde fuera. Reconocer este desgaste y buscar entornos que lo consideren es clave para mantener la motivación y el bienestar.
Finalmente, sigo postulando y buscando oportunidades, consciente de mis limitaciones y mis fortalezas. Mi motivación no es solo económica, sino también personal y social: sentirme útil, contribuir y mantener un ritmo de vida activo. La inclusión laboral efectiva debe ser un proceso de ajuste mutuo: la persona aporta sus capacidades, y el entorno laboral ofrece comprensión y condiciones que permitan desarrollarlas plenamente. Esta experiencia me deja claro que, aunque los obstáculos sean muchos, también existen caminos para que los adultos autistas puedan integrarse y aportar en el trabajo de manera significativa.



¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 0 Promedio: 0)
spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

spot_img

Sigue leyendo

Tratamiento para el Autismo

El objetivo del tratamiento para el autismo es mejorar la calidad de vida de las personas afectadas
sintomas autismo

Síntomas de Autismo

Este trastorno incluye una amplia gama de síntomas y habilidades. Aunque se manifiesta de manera diferente en...

El Método TEACCH para Autismo

El Método Teacch surgió como respuesta a la falta de programas educativos adecuados para niños con autismo